"Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha"

martes, 10 de mayo de 2011

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La lengua de la primavera no bastó para lamerles la herrumbre del invierno, por eso siguen sentados, en silencio, mirando el reflejo de los trallazos de las bombas en Pakistán, de los pasos muertos detrás de la linea roja de espere su turno en la cola de la oficina de desempleo. Y el aire se inclina inquieto, perlado de humedad, veloz entre las grietas de este tejado hipotecado que abraza sus desvelos.
Igual ya no se pinta los labios de rojo, ni dibuja constelaciones en el vaho de las ventanas. Tampoco se atrincheran en una batalla de cuerpos ciegos, que se conjugan de pies a cabeza, encerrados en una habitación con vistas a la torre orgullosa de la catedral de Norwich.
Será esta ciudad a punto de estallar, o este fino cordón de hiedra que aterra en las esquinas, malviviendo de los restos de lluvia. Bajo el peso de su propia gravedad, caen en los anclajes del recuerdo, astillados por las banderas revolucionarias, las letras de algún cantautor, las tardes en la facultad, las ansias de volar.
Y todo cambia. Y la jodida noche se pone de pie para arrojarles la desgana contra las costillas.

Pero también sucede que en un cruce palpitante de pupilas, se encuentran. Y se desata un atisbo de sonrisa mientras sus camisas se enlazan desabrochadas y la pareja joven de aquellos años se les instala en el regazo, en los portales desiertos donde se comieron a besos, en un recomponer de citas inocentes que terminaban con los pies enterrados en la arena cobriza, bajo un sol de latigazos furiosos y fresca agua en cántaros de barro.
Y el mundo, una vez más, cobra sentido.

(texto de Suso, imagen tomada de google)