"Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha"

viernes, 26 de noviembre de 2010

Rostros desenfocados

El otoño cae vertical, espeso y plomizo sobre los tejados quebrados y las antenas metálicas de la ciudad. Las hojas se mueren en las desnudas ramas de los árboles y la lluvia dibuja serpientes de agua sobre los cristales de las ventanas. 

En las tripas de la urbe, el andén es un río de rostros desenfocados y rumores de pasos. El metro abre sus puertas cada cinco minutos, escupiendo un río de gente con las prisas colgadas de las pestañas, la mirada perdida. La estación se convierte en un cuadro irreal de colores grises, de maletas, mochilas, paraguas, trajes y abrigos opacos que ensombrecen el blanco desconchado de las baldosas astilladas y los carteles publicitarios encañonando las retinas. La voz metálica del altavoz y los números digitales rojos, parecen ser lo único que llama la atención de los viajeros fugaces y oxidados, de un vagón sepulcral. Del trabajo a casa. De casa al trabajo. Con el minutero hincado en las costillas, con la rutina pesada como una gran losa sobre la nuca, soñando el fin de semana para escapar del atasco diario y embarcarse a uno nuevo en los centros comerciales.

...si al menos, en este justo momento, apareciese un destello de felicidad, un segundo, un paisaje de verdes acuarelas, un tentáculo de sol que se abre paso entre la barriga de las nubes tintadas de agua, unos ojos enamorados y sinceros, una caricia por sorpresa, una letra de canción olvidada, una playa encallada en tus finas mejillas, un lucero que palpita tus puntos cardinales...

Pero no ocurre nada. Y así seguimos, llenando los bolsillos de polvo, de cenizas, de horas que se amontonan sin un fin, solo dejarlas pasar, arrojarlas, esperando una fecha señalada que nos permita huir, sin saber que cada momento puede ser único.
Cuanta vida que se escurre...

(texto Suso, imagen de google retocada por Suso)

martes, 23 de noviembre de 2010

Carta a Pedro (habaneando)

Aquí te espera la espuma de mar golpeando contra el viejo muro que bordea la ciudad. El atardecer se vuelve una paleta multicolor y se mezcla el pincel con el aroma de los habanos, humo y besos de nubes a partes iguales. El eco de risas de los desamparados, el ron en las tardes de reuniones de amigos y juegos de cartas, el son caribeño de la música pura de trompetas habaneras.
Aquí te espera la huella de algún paso que dejaste sobre las calles de tu barrio, la pelota, el patinete, el patio de colegio, el poema a medio pintar en una pared de nadie, el deseo de volar en vuelo raso al ocaso, en busca de un futuro mejor.
Aquí te espera la raíz que te crece dentro, la cometa hilada, en manos de un chiquillo, que se encabrita en el viento mañanero, las sandalias, las zonas ocultas a los ojos de los turistas, el sabor de la comida casera: frijoles negros, yuca, chicharrones...
el abrazo... el bienvenido...
Porque esta es tu ciudad, y tu camino de regreso.

(texto de Suso, para Pedro F. y todos los emigrantes cubanos. foto de google)

"Si profunda es la distancia
profunda es la lejanía
en un alma peregrina
no existe ciudadanía
la bandera es un dilema, la patria y la geografía
donde quiera que me encuentre
yo siento que es tierra mía...
tuya y mía"
(texto de canción "En todas partes", Habana blues, en el reproductor) 

sábado, 20 de noviembre de 2010

Noche de tejados rotos














(letra para canción por Suso, imagen B. Gallego)

Eras un naufragio de labios rojos
en océanos de asfalto
bajo las manos negras de la jodida noche.
Yo un puñado de hojas secas
que se resisten a caer de la rama
a pesar de que ya están muertas.
Un rumor de pasos de estancias vacías
de casualidades en las horas frías
nos acunó en la misma barra.
No dejé de mirarte bajo la luz débil
y las estelas de agua.

Si es un segundo o una vida eterna
ya me valió la pena.
No hacen falta promesas, ni rosas,
ni ir marcando en rojo fechas.
Tan solo me vale despertarme cada mañana
con el roce de tus piernas.

Es fácil claudicar a tu embrujo
pero tan difícil tenerte cerca.
Es tu vida un vuelo constante
sobre abismos y carreteras.
Y tenía que llegar esta madrugada
de soledades, vaho y tejados rotos.
Música de fondo, letras en los balcones
recordándote hasta volverme loco.
Y aún así mira que me prometí...

Que da igual un segundo o una vida eterna
ya me valió la pena.
No hacen falta aniversarios, ni maletas,
ni planear viajes y fiestas.
Tan solo me vale despertarme cada mañana
con el roce de tus piernas.

Que da igual un segundo o una vida eterna
ya me valió la pena.
Que sencillo resultó decirlo,
ahora que me devora tu ausencia.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El mismo que era

Caminaría descalzo sobre la hierba de aquel parque que resistía la embestida del asfalto del pueblo, donde nos refugiábamos del ruido de los motores y los semáforos en rojo.
Besaría otra vez los labios adolescentes, frente al paisaje de campos de trigo que se extendían como un manto, hasta perderse de vista al fondo del horizonte, bajo la sombra del campanario en ruinas de la vieja iglesia.
Comería con pausa, mirándome en el reflejo de tus ojos, esos bocadillos caseros de meriendas veraniegas que nos preparaba la abuela con tanto cariño.
Escucharía con más atención las letras de las canciones de Sabina, El último de la fila y Silvio, hasta aprenderme de memoria los verbos que nunca conjugué, las palabras que no te dije.
Correría hasta el agotamiento junto al viejo perro, por la cañada que baja al cementerio, cuando empezaba a retumbar el tambor de la tormenta y rugían las tripas de las nubes plomizas.
Volvería a sentarme junto a los girasoles al caer la tarde, para verlos danzar serenamente, mientras el sol se dejaba vencer al fondo de la llanura, escondiendo sus tentáculos poco a poco.
Me perdería en el breve murmullo de los días de mercado, entre las bolsas de fruta, los puestos de helado, las partidas de cartas, las esquinas pobladas de ancianos, con sus anécdotas sobre la guerra, tatuadas en la memoria bajo sus gorras roídas.
Bailaría en la verbena de agosto, con las guirnaldas y los focos de colores bañando la plaza y vistiendo los árboles desnudos, hasta rendirnos en la madrugada al olor del chocolate y la masa de los churros.

Si tuviese un instante para recuperar el reflejo de aquellos rostros que ahora me asaltan en la memoria, en mis letras, en el vaho de las ventanas, en la arena de mis relojes, en las esquinas desconocidas de la ciudad que doblo a diario, en los puntos cardinales perdidos, en los escaparates de luces endiabladas, en los pasos de cebra desgastados, en los bolsillos llenos de espuma y retamas marchitas...

Si pudiese volver allí, tan solo un instante, y ser el mismo que era, con el brillo palpitando en las pupilas, con tantas cosas por hacer...

(Texto por Suso, imagen de Retamal de Llerena)

sábado, 6 de noviembre de 2010

El primer amanecer...

Simplemente eramos dos habitantes buscándose por el mar solitario que habita en las palmas de las manos, oxidadas de caricias, por eso, la ciudad fue cómplice y se inclinó sobre la noche espesa, para cruzar nuestras miradas en el día que terminaba el año, que se sacrificaban las serpentinas colgadas de las pestañas, que se desbordaban las aceras de transeúntes con antifaz y vasos de ron, dejándose llevar por una madrugada pícara y en llamas. 

Nunca hubo mejor comienzo de año que comerse a dentelladas las dunas de la piel desierta que moría de sed, al compás de fuegos artificiales que retumbaban en el eco lejano, mientras el tímido sol comenzaba a extender sus tentáculos en el horizonte dormido.

(Texto y fotografía de Suso)

jueves, 4 de noviembre de 2010

Campos

Los campos se extienden verdes hasta donde alcanza la vista, salpicados de encinas, jaras, retamas, algunos olivos y pequeños riachuelos que serpentean hasta esconderse en la lejanía. Allí me escondo, bajo el cielo limpio y azul claro, con jirones de nubes pasajeras que cruzan pausadas sobre nuestras cabezas, como pañuelos al viento, casi rascando sus barrigas con la torre del campanario orgullosa, en el punto más alto del pueblo, sobre la colina. 
Caminando se oyen cantar las chicharras, los gorriones revoltosos, la brisa colándose entre las vallas de los huertos y sembrados...

Llevadme allí si un día mis pies no soportan el peso de mis huesos, al lugar donde me siento viento soplado en el paisaje, donde se confunde el horizonte con un lienzo de acuarelas de verdes y terrones de mi tierra...

(a los campos del pueblo extremeño que me vio crecer.... y me acunó incluso sin parirme)

Texto de Suso, imagen de google.